HISTORIA ARMANDO MANZANERO

Nada hay en la vida de Armando Manzanero que no remita a su música. Armónica, sin escándalos y esencialmente ordenada, su vida personal y profesional ha transcurrido, desde su nacimiento, el 7 de diciembre de 1935 hasta ahora, con muchas más luces que sombras y bajo la constante indiscutible del trabajo, el oficio y la disciplina.

Armando Manzanero Canché nació en la ciudad de Mérida, capital del Estado de Yucatán, peninsula del sur de México que ocupa un sitio privilegiado por lo que a riqueza humana y cultural toca, pues fue sede de la que es considerada como la civilización más deslumbrante de la América precolombina.

Astrónomos, matemáticos, idealistas, luchadores sociales, artistas: Yucatán es tierra de historia, leyendas y mitos, cuna de hombres y mujeres singulares, de numerosos compositores… terreno fértil para la tradición oral, para trovadores, inspirados y románticos.

Hijo de uno de los músicos fundadores de la orquesta Típica Yucalpetén, desde su llegada al mundo estuvo cerca del arte, de la música y del profundo conocimiento de la naturaleza, especialmente de la humana. Ello de manera respectiva, a través de su madre Juanita, de su padre Santiago y de Rita, su abuela materna.

Esta última se hace cargo de Armando por un tiempo y le ofrece en su idioma, el maya, la visión de una tierra legendaria… quizá por ello se explica la compañía constante de las estrellas y la luna en sus vivencias y en sus creaciones.

Rita daba la impresión de que no dormia: temprano, muy temprano había que ponerse en movimiento, ya que el sofocante calor comenzaba a sentirse desde el amanecer. Su querido «Dito» -diminutivo del nombre Armando- abría los ojos a las seis de la mañana y veía a través del tejido de su hamaca como ella, su abuela, entrelazaba pacientemente las hojas de palma que un poco más tarde, convertidas en sombreros, saldrían a vender por las calles y andenes de los trenes de la ciudad.

Con las ganancias del día, y antes de pasar al mercado a comprar los alimentos, se detenían en la plaza principal, y Dito, con un cucurucho en la manita, lleno de pepitas doradas en comal, se dejaba llevar por las primeras notas musicales provenientes de un pequeño grupo musical que amenizaba las tardes en el jardín.

Asi transcurrieron sus primeros años, hasta que su padre y su madre lo buscaron para que viviera con ellos. Con el cambio de residencia se transformó su vida apacible y mágica al lado de su abuela para iniciar nuevas responsabilidades: cumplir con la escuela y ayudar a su familia en todo lo necesario.

Juanita Canché, su madre, era inteligente, inquieta, alegre y bondadosa. En su juventud participaba en una de las fiestas tradicionales más importantes de la península yucateca: Las Vaquerías. En estas danzas tradicionales las mujeres resplandecen con sus coloridos huipiles y rosarios de filigrana. Los hombres portan con orgullo sus guayaberas blancas inmaculadas y elegantes alpargatas. En ellas se interpretan jaranas de jaleo.

La Jarana es una mezcla de la Jota española con los sonecillos pentafónicos de los mayas. Las y los danzantes hacían giros mientras levantaban los brazos en ángulo recto, al estilo de los bailadores de jota, y efectuaban chasquidos con los dedos, en reminiscencia de las castañuelas españolas. No cualquiera es capaz de hacerlo: Juana Canché fue considerada una de las mejores danzantes de Vaquerías en la historia de Yucatán.

Y fue precisamente en una de estas celebraciones donde Juanita conoció a Santiago, su compañero de toda la vida. Juanita, como muchas famosas yucatecas, fue una mujer emprendedora. Cuando el dinero escaseaba en el hogar, se daba a la tarea de coser bellos huipiles y junto con Dito, recorría los

poblados cercanos a Mérida para ofrecerlos a los lugareños, quienes frecuentemente le buscaban para que les leyera el futuro en las cartas. Pero esto último no lo hacía tanto por dinero o como ejercicio de las artes adivinatorias: lo importante era que los muchos que acudían a ella, preocupados y expectantes, salieran sintiéndose bien, con la confianza y la certeza de que podrían resolver cualquier vicisitud o lograr lo que anhelaran.

Don Santiago Manzanero dedicó la mayor parte de su vida a la música. Muy temprano en su juventud partió hacia los Estados Unidos y probó suerte como trovador. Posteriormente regresó a Mérida para no volver a salir del país jamás.

Ahí su fama creció, tanto así que logró colocarse en un programa de radio que se transmitía de 7:00 a 7:30 p.m. en una emisora local. Después llegaba al jardín central de la ciudad y gracias a su calidad interpretativa era frecuentemente contratado para amenizar fiestas y serenatas, entre otras muchas actividades sociales.

Era un padre con una moral y una disciplina muy estricta, tanto en su vida personal como en el círculo familiar. Empujado por la idea y la preocupación de que a los músicos no les iba bien económicamente, trató por todos los medios de disuadir a Armando de la idea de dedicarse a la música. Sin embargo al paso de los años, acabó por valorar y reconocer el gran talento de su hijo.

Otra figura importante en la formación de Armando fue el abuelo Felipe, padre de Don Santiago.



La compañía del abuelo Felipe lo llena de gratos recuerdos: dos de los más intensos fueron aquellas evocadoras tardes en la plaza de toros de Mérida y cuando por primera vez admiró la grandeza del mar en Puerto Progreso.

Como todo niño. Dito no quedaba exento de cometer travesuras, así que anécdotas, hay muchas. Una de las más significativas sucedió cuando a corta edad tuvo a bien construir su primer avión:

En el patio de su casa, Dito y sus amigos se dieron a la tarea de construir su majestuoso aeroplano, mismo que contaba (según ellos) con las más estrictas normas de la aeronáutica. El fuselaje era un cajón y la cabina el asiento de su triciclo. Para suplir las hélices o turbinas se adaptó una cuerda que se ató a un gran árbol y se atravesó a lo largo del patio para sujetarla a la ventana de la cocina, que quedaba a considerable distancia.

Y como todo piloto debía tener su uniforme, tomó prestados los lentes de Don Felipe a manera de «goggles» y el bacin, también del abuelo, como casco.

Con la ayuda de los amigos subió a la «aeronave» a lo alto del árbol y lo enganchó a la cuerda con unas poleas, también propiedad de Don Felipe.

¡Listo! 5, 4, 3, 2, … ¡A volar! ver foto

Todo iba a la perfección, el avión surcaba velozmente el espacio, hasta que se percató de la falta de una parte sumamente importante en el proyecto: el sistema de frenado… Demasiado tarde: el joven piloto con todo y su artefacto entró como saeta por la ventana y se fue a estrellar directamente a la alacena.

Dito, avión, platos, tazas y cazuelas cayeron al suelo estrepitosamente… el golpe fue monumental. Tuvo que ser trasladado de urgencia al médico. Afortunadamente, gracias a que el casco-bacín cumplió su función, sufrió únicamente golpes contusos en todo el cuerpo, mismos que sanaron en menos de una semana.

Y es que el maestro Armando Manzanero confiesa que desde su niñez su principal pasión fueron los aviones, a lo cual en justicia, habrá que sumar por ejemplo los caballos y las flores blancas y frescas.

Hijas, hijos, nietas y nietos son su mayor y más querida creación. Amoroso padre, acompaña los logros de cada uno.

Sus hermanas ocupan un lugar especial. Por la diferencia de edades, ellas lo recuerdan como un padre – hermano mayor cariñoso, en quien pueden confiar pues cerca o lejos, siempre está ahí, con su consejo, su ejemplo, apoyo, auxilio y cuidado.

Quien ha estado cerca de Armando Manzanero conoce su generosidad. Nunca ha obtenido nada de manera fácil o gratuita. Todos los días se levanta igual que siempre, a las cinco de la mañana y labora sin descanso hasta que cae la noche. Impresiona su vitalidad.

Fuera de algunos gastos personales, pues su vida cotidiana está muy lejos de excentricidades y frivolidades, el producto de su trabajo se distribuye en su totalidad, en gran medida para apoyar la labor no lucrativa que realiza un importante número de organizaciones civiles de asistencia social o que promueven la educación y los derechos humanos, producto de su trabajo se distribuye en su totalidad, en gran medida para apoyar la labor no lucrativa que realiza un importante número de organizaciones civiles de asistencia social o que promueven la educación y los derechos humanos, especialmente de niñas, niños y jóvenes de pueblos indígenas.

Solidario, apasionado, enamorado, compasivo, romántico, creativo, cariñoso, respetuoso, vehemente, sencillo, obstinado, agradecido, amable, humanista, alegre, generoso, tenaz, curioso, detallista, sorprendente, comprensivo, exigente, ordenado, puntual, excelente cocinero, anfitrión atento, gran amigo… Armando Manzanero es un buen hombre.